Con la tecnología de Google Traductor

Desde tierras mundialistas. Alberto Lati

Itzel Ubiarco

11, noviembre 2014 - 9:01

11 noviembre 2014. Alberto Lati

No es común que una persona ponga en el mapa mundial a un barrio, que lo dote de la noche a la mañana de celebridad internacional. Mucho menos, si ese acto de ponerlo en el mapa mundial o dotarlo de celebridad, fue a su vez el talento que inmortalizo a esa persona (y no haber gobernado, haber pintado, haber descubierto alguna tierra, haber inventado algo).
Por ejemplo, Pelé hizo famoso a Tres Coraçoes y Maradona a Villa Fiorito por el futbol que generó alguien nacido en esos pueblos; por su parte, Helo Pinheiro a Ipanema, por haber pasado por el lugar justo en el momento justo, aunque esa forma de verlo también parece simplista. La realidad, es que sin su jovial forma de caminar, sin su belleza, sin su coqueto cruzar por la banqueta, no existiría la canción Garota de Ipanema como la conocemos y con semejantes repercusiones. Más aun: sin tal canción, este barrio de Río de Janeiro se hubiera mantenido a perpetuidad a la sombra del vecino Copacabana y en el casi anonimato.
En 1963, la adolescente Helo caminaba rumbo a la playa carioca. En un bar, ahora llamado Café Garota de Ipanema, el poeta Vinicius de Moraes y el músico Tom Jobim, no hallaban la cuadratura al círculo: habían compuesto la melodía emblema del bossanova, pero no estaban conformes con la letra, algo se les escapaba, algo no quedaba a la altura de las impecables notas creadas. Y ella, como enviada por el mismísimo Cristo Redentor de Corcovado o por alguna deidad pagana de Río de Janeiro, emergió en bikini.
Cuando Vinicius apuró los versos, Tom entendió, todavía contemplando a la preciosa jovencita: “Mira que cosa más linda, más llena de gracia. Es la muchacha, que viene y que pasa (…) Chica de cuerpo dorado por el sol de Ipanema, que se balancea como un poema al caminar (…) Y yo quedo tan triste, la belleza que existe. La belleza que no es mía (…) Si ella supiera que cuando ella pasa, el mundo enterito se llena de gracia”.
Pronto fue cantada en una maravillosa versión por Frank Sinatra: el bossanova era asunto mundial e Ipanema ya no pertenecía en exclusiva a Río o a Brasil, sino al planeta entero. Y ella, de alguna forma la culpable, quedaría a perpetuidad amarrada a ese instante.
Unos meses atrás me encontré con Helo en Ipanema (aunque, vaya paradoja, pasa la mayor parte del año lejos de esa playa, en la selva de edificios de Sao Paulo). Su departamento carioca está, de hecho, a la vuelta del punto del inmortal encuentro, en la calle ahora llamada Vinicius de Moraes.
51 años después, su caminar sigue siendo hipnotizante, su ritmo, su cadencia, su flirteo. Empezó por conceder: “Me han dado el título de Garota de Ipanema, la chica de Ipanema, yo tengo que cargarlo toda la vida, a pesar de que mi apariencia ya no sea la misma o cambie”. Luego, una explicación del momento en que se enteró de que su caminar tenía que ver con la consagrada canción: “Yo dije, ´¡Qué dicen! ¡Es una broma! ¡No es posible! Y Vinicius escribió con su puño la revelación en una revista, de que yo era la musa inspiradora verdadera de la canción. Mi padre estaba un poco asustado, temía mucho las cosas. Querían que yo compitiera para ser Miss Brasil, yo quería pero mi padre no, no. Me invitaron para hacer una película americana, mi padre también dijo que no, que no”.
Helo Pinheiro es parte indispensable de la creación de Río de Janeiro: de su creación cultural, de su creación literaria, de su creación en el imaginario colectivo de quienes lo han pisado, quienes sueñan con pisarlo y quienes jamás lo harán. Si una canción va a sonar en la inauguración de los próximos Olímpicos, podemos estar seguros de que será esa.
En algún punto, ni duda cabe, sonará en Maracaná esa pegajosa melodía y sus maravillosos versos. Versos entendibles sólo si vemos una foto de Helo cuando no había llegado a los veinte años. Versos entendibles sólo si la vemos hoy, más de medio siglo después, caminar.
Twitter/albertolati