Con la tecnología de Google Traductor

El deporte no descansa. Geoffrey Recoder
titulo-foto

Geoffrey Recoder

23, enero 2026 - 6:00

El Fair Play no jugó

La final de la Copa Africana de Naciones entre Senegal y Marruecos quedó marcada por un hecho que trascendió el resultado deportivo. Tras una decisión arbitral polémica —un penal señalado a favor de Marruecos—, la selección de Senegal abandonó el terreno de juego durante alrededor de 20 minutos en señal de protesta. La orden provino del entrenador interino de Senegal, Pape Thiaw, quien instruyó a sus jugadores a salir del campo, interrumpiendo una final continental. El partido solo pudo reanudarse gracias a la intervención de Sadio Mané, referente histórico del equipo, quien convenció a sus compañeros de regresar y concluir el encuentro.

Desde la óptica del Fair Play, lo ocurrido no puede relativizarse ni justificarse por la emoción del momento. El Fair Play no es un adorno retórico: es el pilar moral que sostiene la legitimidad del deporte. Implica deportivismo, autocontrol, respeto a la competencia y, de manera central, la obligación de honrar, valorar y respetar el juego.

Honrar el juego significa entender que el fútbol está por encima de entrenadores, decisiones arbitrales y resultados; que una final se juega y se termina en la cancha, no en la protesta. Valorar el juego implica reconocer su dimensión formativa e institucional: cada minuto disputado representa a millones de aficionados, a rivales que compiten en igualdad y a un torneo que merece respeto. Respetar el juego supone no utilizarlo como herramienta de presión ni convertirlo en rehén de la frustración.

Sacar a los jugadores del campo no es protesta; es ruptura. No es liderazgo; es renuncia. El deportivismo exige competir incluso cuando el contexto es adverso. El valor moral del Fair Play obliga a enseñar con el ejemplo que el desacuerdo no habilita la desobediencia. Y la ética competitiva es clara: se juega para ganar en la cancha, no para condicionar el desarrollo del partido.

El reglamento es explícito —y la cultura del fútbol aún más— en reconocer la supremacía arbitral. El árbitro es la máxima autoridad del partido, respaldada por las Reglas de Juego avaladas por la FIFA. Sus decisiones pueden ser erróneas, pero son definitivas. Sin esa premisa no hay orden, no hay igualdad y no hay deporte.

La crítica es directa: Pape Thiaw falló como líder. No protegió a sus futbolistas; los expuso. No honró el juego; lo interrumpió. El verdadero acto de Fair Play vino desde la cancha, cuando Sadio Mané entendió que respetar el deporte era más importante que ganar una discusión arbitral.

El Fair Play no se quiebra por un silbatazo polémico; se quiebra cuando el liderazgo decide abandonar el campo y arrastrar al equipo con él.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión.