
Eduardo Brizio
20, enero 2026 - 6:00
La tristeza invade mi corazón al contemplar cómo es que, jornada tras jornada, los silbantes en el futbol mexicano hipotecan su dignidad al permitir que futbolistas y directores técnico les falten al respeto socavando su integridad.
Al parecer el “mal” que afecta a nuestro querido deporte es mundial; por eso, la FIFA en un afán de erradicarlo asentó en la regla de juego que “solamente el capitán del equipo se podría dirigir al árbitro”.
Esa norma quizá sea acatada en el viejo continente, lo que no sabían es que de este lado del charco “les iba a salir el tiro por la culata” y se tomaría como un “permiso para delinquir” convirtiendo al capitán en el ascensor permanente del colegiado y en el “reclamador oficial” que cuestiona todos y cada uno de los señalamiento y marcaciones.
Cuando un colegiado expulsa a un jugador por una falta que la vio todo el estadio no hay dudas que generar; sin embargo, cuando el juez “manda a bañar temprano a un futbolista” por reclamarle de manera reiterada, desde que yo tengo uso de razón, se le ha tildado de “prepotente”.
La indisciplina y la falta de respeto son el combustible de la prepotencia; es decir, la prepotencia surge (usualmente) como una respuesta a la majadería del jugador; sin mencionar que el árbitro es prepotente por definición; toda vez que, ser prepotente significa que “ostenta mucho poder”.
Por eso, los hombres de negro deben de ser cautos y magnánimos al emplear todos los poderes que le confiere la regla de juego para no caer en el abuso ni el exceso; de modo que hay que encontrar el justo medio: “Ni tanto que queme al santo; ni tanto que no lo alumbre”.Pero aquí, “se han juntado el hambre con las ganas de comer”, por un lado, tenemos a los jueces que han abdicado a ser los garantes de la moral del juego permitiendo: ofensas, desaires, desacatos, menosprecios y hasta insultos, y por el otro lado a entrenadores y futbolistas “despachándose impunemente con la cuchara grande”.
Para que un silbante se convierta en figura, gane prestigio, respeto y credibilidad necesita encumbrarse “subiéndose a un pedestal”; pero, el pedestal lo tiene que ir construyendo él mismo, partido a partido, semana a semana y el mejor material para edificarlo son las tarjetas, especialmente la tarjeta roja.
Es urgente que los árbitros recobren la autoestima … ¿A dónde vamos a parar?
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