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El Pollo de Tlalpán. Daniel Reyes

Itzel Ubiarco

27, enero 2015 - 11:37

27 enero 2015. Daniel Reyes

USTEDES TIENEN LA CULPA
DICEN los que le vieron galopar las praderas de la ilusión en sus meros jugos, que don Horacio Casarín era un ídolo que arrastraba multitudes.
Obviamente sin la tecnología existente en estos días la afición lo seguía donde quiera que se presentaba. Su fama era tal, que participó en la gustada cinta de la época “Los hijos de don Venancio”, donde hacía el papel de “Horacio Fernández” rebelde vástago de don Venancio, que a base de calidad se impone a los deseos de su jefe, quien finalmente lo va a ver jugar e incluso se avienta un tiro en las tribunas, con un gritón que ofendió a su hijo.
En los lejanos setentas (del siglo pasado) me tocó admirar a otro gran ídolo del balompié nacional: Enrique David Borja García; un delantero genial, que era capaz de realizar los goles más inverosímiles de los que se tenga memoria;  jamón, buche, trompa, oreja, hasta de nariz. Al igual que don Horacio, arrastraba a miles y no sólo eso, todos los chamaquitos de la época eran Borja, en las cascaritas, gol-para y chutes en general. Cuando se retiró, recuerdo haber sentido un tremendo vacío; como si le hubieran quitado algo de chiste al fut.
Hasta que una tarde de domingo llegó con una impresionante tijera dentro del área grande, que crucificó a La Volpe e inmortalizó la entrada a la palestra de los ídolos a Hugo Sánchez Márquez. El mejor futbolista mexicano de todos los tiempos y el mejor rematador en la historia del futbol mundial.
El reinado de Hugo fue diferente pues sus inconmensurables conquistas las obtuvo en la Madre Patria, con eco por todo el mundo; hay una anécdota que lo engloba perfectamente; se sabe de un viajero mexicano que en un infortunado cruce en las belicosas tierras de Irak; unos soldados lo detuvieron junto con sus acompañantes; con malos modos los llevaron a un improvisado cuartel; muertos de miedo pensaban que esos serían sus últimos momentos en la tierra, pues se sabía que aquellos soldados “fusilaban y luego verigüaban”. Un soldado se acercó a él y con señas le preguntó algo; como pudo le hizo saber que era mexicano; cuando por fin el guardia le entendió, le dijo: “¡Hugo Sánchez!” y levantó el pulgar; enseguida lo jaló hacia la parte trasera del cuartucho y se lo llevó por una vereda hasta dejarlo del otro lado de la frontera; literalmente el recontra pichichi, le salvó la vida con su fama.
En los noventas llegó el jorobado de nuestra señora de Tlatilco Cuauhtémoc Blanco Bravo y con su particular estilo y mil aventuras dentro y fuera de la cancha se robó el corazón, para erigirse como gran ídolo.
En su aparente última visita al Azteca como jugador, el público le entregó el corazón envuelto en aplausos y coreando su nombre; sin velocidad, ni potencia, pero sobrado de vergüenza, corrió y dejó en la cancha lo mejor que tenía.
Sin embargo su despliegue en el rectángulo de la ilusión, fue opacado por su incursión en la polaca; muchos ahora lo critican por enrolarse en las filas de un partido político en carácter de pre-candidato.
 Y no se dan cuenta, pero esos mismos que ahora lo critican fueron los primeros en motivarlo. ¿Recuerdan la final de la confederaciones en 1999? Dentro del área jaló el balón en la nariz del defensa, cruzó al arquero anotando el del gane, corrió al banderín de la esquina para bailar el jarabe tapatío; en ese momento todos los que ahora le critican, gritaban: “¡Cuauhtémoc para presidente!” ahora, aguántense.
Cierro con una obra titulada “torta y refresco”
 
La misión del candidato,
Para que no se haga menso,
No es tener el liderato,
¡Es salvarse del descenso!
 
Y si no, quéjense a la FIFA.
Twitter: @pollodetlalpan