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El Pollo de Tlalpán. Daniel Reyes

Itzel Ubiarco

17, octubre 2014 - 9:01

17 octubre 2014. Daniel Reyes

VUELTOTA
TENGO un cuate que se llama Raúl, pero que le gusta mucho que le digan el “Rulas”; algo tendrá que ver su oficio en ese nombre, pues mi amigo se dedica a trabajar en el volante, es chafirete, chofer o ruletero.
Él labora en la capital más conflictiva del planeta, título que se lo ha ganado por diversas circunstancias que la rodean; a saber: el trazo de sus calles se fue dando por gracia de Dios, tiene más baches que los últimos años del potro de hierro; los semáforos jamás y nunca han sido sincronizados; hay muchos (que no todos gracias al creador) microbuseros y taxistas, irrespetuosos, descorteses, majaderos y abusivos, que en su credo son: primero ellos, después ellos y al último ellos.
Sobra decir que cuando llueve las cosas se ponen peor, pues las vialidades se colapsan y como maldición los automovilistas se azorrillan y nadie avanza.
Cuenta el “Rulas” que hace días una clienta que tiene muy popof le pidió que la llevara al puerto aéreo, pues debía llegar sí o sí esa misma noche a la industriosa Monterrey, para arreglar un asunto que involucraba muchos pesos a su favor, la condición era llegar ya.
La santa señora vivía por la glorieta de Huipulco, muy cerca del estadio Azteca.
Comenzaba a llover, por lo que el “Rulas” trazó un mapa mental, para llegar lo más rápido a su destino.
Abordó la dama y el diligente chofer tomó Tlalpan hacia el sur (¡en sentido contrario a su destino¡), iba a vuelta de rueda, pues en la desviación a Xochimilco los semáforos no servían; una vez librado el lugar enfiló hacia el periférico; ingresó a los carriles centrales sólo para ver cómo avanzaban mejor por la lateral, aguantó como los machos hasta que se pudo incorporar al segundo piso; una vez ahí pudo pisar el acelerador como mandan los que saben, sin embargo, cuando llegó a San Antonio, lugar donde debía salir para ingresar al viaducto, aquello era un estacionamiento; la mirada de hierro de la dama le provocó que sudara cual padre primerizo; el reloj del tablero de su nave, jugándole una broma movía las manecillas rapidísimo; cuando por fin se acercó al viaducto, miró con rabia y tristeza que una patrulla, como siempre, reducía la incorporación a un carril ¡por sus pistolas! Con el miedo de copiloto, se salió de la ruta y tomó la calle de Monterrey, iba como alma que lleva el diablo; dobló en Querétaro y agarró el contrasentido en Cuauhtémoc hasta llegar a Doctor Río de la Loza; se fue derecho, aguantó el tráfico de La Merced; le quedaban quince minutos para llegar a tiempo y que la doña se subiera al avión; aunque parecía que el trayecto duraría meses, como pudo, rebasando y pisándole la chancla, llegó en tiempo.
Una vez que se bajó la señora, “Rulas” se encontró con un colega, al que contó la odisea; el amigo le dijo: “Te hubieras venido por Tlalpan y Churubusco, no había nadie, yo hice quince minutos”.
Ahora mismo así le pasó a Jorge Vergara cuando regresó a Chepo, Néstor y el “Güero”.
Ya nomás faltaría que el señor se lo devolviera a quien de verdad quiera al rebaño, y todos felices.
Cierro con una obra titulada “Tanto brinco y el suelo tan parejo”.

Si Vergara se iluminara
y tuviera humildad ahora,
seguro le regresaba
Chivas a la promotora.

Y si no, quéjense a la FIFA.
Twitter: @pollodetlalpan