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El Pollo de Tlalpán. Daniel Reyes

Itzel Ubiarco

11, noviembre 2014 - 9:05

11 noviembre 2014. Daniel Reyes

Y LO QUE FALTA
CONTABA apenas con quince primaveras y galopaba con toda ilusión por las praderas de una filial de la Cruz Azul.
En el entrenamiento del martes, el profesor Montes de Oca nos recordó que el rival en turno sería el América, toda la semana entrenamos con muchas ganas y harta disciplina, obedeciendo al dedillo todas y cada una de las indicaciones de nuestro director técnico, hicimos trabajo táctico, con mucho futbol y el consabido castigo físico, carreras, lagartijas “abominables” y demás torturas.
Por fin llegó el sábado, el tiro estaba pactado al mediodía en el campo 2 de la puerta 2 de la Ciudad Deportiva, allá en la Magdalena Mixhuca.
A las once en punto arribaron nuestros rivales, apantallándonos, pues su entrenador era nada más y nada menos que Paco Castrejón, entonces cancerbero titular de los millonarios.
Hicimos ejercicios de calentamiento, y faltando diez minutos para la cita, luego de las últimas instrucciones ingresamos a la cancha a pelotear; entonces, observador como soy (“chismoso”, dice una tía), me di cuenta de que el árbitro en turno era nuevo en el circuito, pues nunca le había visto antes.
El juego comenzó y de inmediato se calentó, las entradas de unos y otros subían de tono, y el juez no ayudaba mucho, pues errático y dubitativo, no juzgaba nada bien y desde las bancas le llovían reclamos de ambos técnicos; entonces la cosa se puso peor, por ahí del minuto 25, un defensa de los entonces canarios le dejó “la patita arriba” (como se dice en el argot) a mi compañero, fino mediocampista malhablado como pocos, “El Zurdo”, planchándole la humanidad en el intento.
Cabe la aclaración de que esa jugada sucedió en media cancha; entonces, el árbitro sacó la tarjeta colorada; los defensas a mi alrededor se lamentaron y se la mentaron al réferi; mientras que extrañamente, los delanteros americanistas ni se inmutaron, incluso el agresor dijo que sí con la cabeza y colocándose las manos en la cintura se quedó inmóvil; mi amigo Mota, un tipo de pocas pulgas, que era la pareja en el ataque, se arrancó hasta donde estaba el que había cometido la falta y a jalones lo quería sacar de la cancha, éste se defendió, llegaron sus compañeros amarillos reclamando el proceder del que intentaba arrojarlo del campo, preguntándole qué le pasaba, por qué lo quería largar; mientras que la otra mitad de su equipo tranquilizaba a los azules afirmando: “¡Ahorita se sale!”, la verdad es que yo no entendía nada, unos aceptaban la roja y los que estaban del otro lado del campo no; los jalones se convirtieron en ira, y la ira en golpes, en unos segundos aquello era un soberbio intercambio de piñas.
Luego de varios minutos de trompadas, patadas y arañazos llegó la calma, y cuando ambos cuadros trataban de justificarse con el nazareno de que no habían tenido la culpa, el árbitro explicó la confusión, enseñando una mica con dos tarjetas unidas, la roja y la amarilla; es decir que cuando le enseñó el cartón en realidad lo amonestó, pero los que estábamos a su espalda vimos la roja. Obvio el irresponsable no se la acabó, y aunque nadie lo tocó, sobre de él cayeron miles de maldiciones, gitanas, jarochas, chilangas, similares y conexas.
No sé por qué (o tal vez sí), pero muchas veces que observo un partido de liga me recuerda ese episodio de mi tierna juventud.

Cierro con una obra titulada “Médico”

De los árbitros pensaba,
era caso de oculista,
la cosa se puso brava,
¿será de psicoanalista?

Y si no, quéjense a la FIFA
Twitter: @pollodetlalpan