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Desde tierras mundialistas. Alberto Lati

Itzel Ubiarco

9, septiembre 2014 - 10:25

09 septiembre 2014. Alberto Lati

LA primera lección que Río de Janeiro 2016 parece haber extraído de lo experimentado en el pasado Mundial fue evitar a toda costa la falta de empatía que desde un principio padeció la FIFA en su relación con el pueblo brasileño (con la Copa Confederaciones como mayor punto de ruptura y choque).
Eso explica que en todo momento las declaraciones del Comité Olímpico Internacional hayan sido cautelosas y mucho menos críticas. Incluso en plena crisis de demoras en instalaciones, de contaminación de la bahía de Guanabara, de incertidumbre respecto a si el campo de golf podrá albergar el regreso de este deporte al programa olímpico tras más de un siglo de ausencia (algo al día de hoy no aclarado), el ambiente ha sido muy ameno de puertas para afuera. Si algún conflicto se exteriorizó, no fue en voz de la alta cúpula del COI, sino de personas cercanas aunque externas (pensemos en la advertencia del líder de la Asociación de Federaciones de Deportes Olímpicos, Francesco Ricci Bitti: “Es la situación más crítica en cuanto a preparativos de los últimos veinte años”).
Tal manera de operar se ha replicado en uno de los incisos más espinosos del pasado Mundial: que el gobierno brasileño se viera obligado a aprobar una serie de reformas exigidas por la FIFA cuando se concedió la sede. La denominada “Lei Geral da Copa” o Ley General de la Copa propició que, entre otras cosas, los brasileños mayores de sesenta años no dispusieran de boletos gratuitos para todo partido (algo que sí sucede en el marco de los deportes y espectáculos en este país), así como la aprobación de venta de cerveza en los estadios.
Mario Andrada, director de comunicación del Comité Organizador, explicó en una entrevista reciente, precisamente cuando se anunciaba el nombre de la empresa que operará la distribución de boletaje: “La principal diferencia de los Olímpicos en relación con el Mundial es filosófica. La FIFA es quien vende los ingresos, la FIFA tiene lucro con patrocinadores y eventos, así, la Copa del Mundo es de la FIFA. Pero los Juegos Olímpicos son de Río de Janeiro, que opera, vende, produce los ingresos y se queda con las ganancias por los patrocinadores locales. Conseguimos convencer al COI de que la ley brasileña va a prevalecer en la venta de las entradas”.
Suena muy diferente al planteamiento mundialista, aunque en el fondo la diferencia sea más bien poca o exista apenas en el discurso. Lo relevante en términos de posicionamiento y convencimiento del pueblo que tan fuerte gritó contra el Mundial será insistir en esos dos puntos: primero, que Río de Janeiro gana con los Olímpicos; segundo, que se organizan con total apego a las regulaciones brasileñas.
Ya en las oficinas o reuniones más sensibles, la relación podrá tener la misma cantidad de desencuentros, preocupaciones y molestas. La lección aprendida es no hacerlos públicos.
Twitter/albertolati