2, julio 2022 - 22:42

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BRUNO LUNA FOTOS: ÉRIK ESTRELLA Y BRUNO LUNA Los Tigres de Quintana Roo empataron la serie ante los Diablos Rojos del México en el Estadio Harp Helú por 4-1, con una gran actuación de su pitcheo, comenzando por la labor del abridor Pedro Fernández, quien lanzó seis innings completos, donde permitió una carrera, ocho hits, dos bases por bolas y ponchó a siete capitalinos. NO TE LO PIERDAS: Urías luce en triunfo de los Dodgers y rebasa los 500 ponches en la MLB La Guerra Civil tuvo una nueva batalla en la que los visitantes pegaron primero con un rally de tres carreras en la tercera entrada, misma que sentenció a Ríntaro Hirama, que lanzó tres innings completos, permitió cuatro carreras y seis hits. Los felinos conectaron once hits, donde Tito Polo, Alex Robles, Dennicher Carrasco y Ramón Bramasco remolcaron cada uno imparable remolcador. Bramasco tuvo que entrar en la segunda entrada luego de un accidente de juego que provocó la salida de Jorge Rivera del encuentro. La pólvora de los locales, que en el primero de la Guerra de Guerras hicieron 12 carreras, se vio apagada, sobre todo en momentos claves del encuentro, ya que Diablos dejó jugadores en posición de anotar en la primera, segunda, octava y novena entrada. [gallery ids="605876"] Aunque en la última entrada hubo drama, ese que nunca falta cuando se enfrentan estos dos, cuando los locales colocaran dos corredores en posición de anotar, los lanzamientos de Wendell Floranus hicieron fallar a Ramón Flores para sentenciar el segundo de la serie en favor de los de Quintana Roo y así empatar la serie. La victoria se la llevó el propio Pedro Fernández (6-1), que cuenta con una era de 3.9; la derrota fue para Hirama (1-3) y Floranus se adjudicó su noveno salvamento de la temporada.

EL COLOR DE LA GUERRA CIVIL ENTRE DIABLOS Y TIGRES

Con matraca en mano, vistiendo camisola de Tigres y un ambiente inigualable, sin inhibirse ni llenarse de pena, Ricardo no pierde la oportunidad de disfrutar en todo momento el beisbol. Como si estuviera destinado a querer el azul, naranja y gris de los Tigres, desde los seis años, inducido por su padre y su tío, Ricardo era asiduo visitante en el Estadio del Seguro Social, para apoyar a los felinos y, también, para odiar a los Diablos. Ese mismo destino lo llevó a reencontrarse con esos amados colores. El trabajo y la vida lo llevaron a Quintana Roo, sede que eligieron los Tigres para continuar haciendo historia en el beisbol mexicano. Y el profundo cariño, inculcado por su padre ya fallecido, llevó a Ricardo a acercarse a la pelota y a disfrutar cada Guerra Civil desde que regresó a la Ciudad de México. [gallery ids="605877"] En la Guerra de Guerras utiliza su entusiasmo para apoyar a su equipo, celebrar cuando pegan de hit y cuando anotan, y también para mentar madres y abuchear a los de rojo cuando hacen algo bien. “Pobres Diablos” grita al ritmo del sonido local cuando le pide a la afición corear el “Vamos Diablos”. Y ni la lluvia, ni la pausa en el juego le impiden estar en ambiente. Canta Luis Miguel, Vicente Fernández, La Sonora Santanera y hasta baila el “no rompas más mi pobre corazón”. Incluso la hace de cupido con una pareja. [gallery ids="605878"] Lo acompaña su familia, porque el cariño por el beisbol se hereda, aunque todos porten camisolas del rival, y más que familia es un pelotón, todos llevados hasta el diamante por él, porque el béisbol es la excusa perfecta para acercarte a los hijos, los sobrinos, la esposa y todo aquel que quiera sumarse. No pudo haber pedido mejor herencia que el amor a unos colores incondicionales. Un cariño que comenzó hace más de 34 años y que, sin haberlo entendido de manera inmediata, fue el legado que su padre le dejó.

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